Abres, alborada, como una rosa
trasplantada en un vaso de alabastro,
Trémolas con el faro y en el rastro
que dejas, cava labruma su fosa.
Desprendida del misterio, rebosa
tu lámpara el dolor de mi camastro,
cuando le pones plenitud de astro,
a la inersia que medra en cada cosa.
Disipas la molicie en la alta peña
donde la niebla, abarcadora, sueña
delirios melancólicos de nieve.
Mi lámina aterida, ya desnuda,
reclama tu esplendor. Así se escuda,,
cuando es de noche y en sus predios llueve.
Antonio Dávila López
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